Venezuela versus Escalante






Artículo escrito a escasos noventa minutos de haber despegado de Caracas el pasado 12 de agosto de 2009, en un vuelo de Continental Airlines con destino a Houston, Estados Unidos


Algún punto del Mar Caribe, 12 de agosto de 2009


Mi salida de Venezuela coincidió con la lectura del relato extraordinario sobre la vida de Diógenes Escalante que nos legara recientemente el escritor venezolano Francisco Suniaga. Este libro, “El pasajero de Truman”, que revisara y citara yo con tanta insistencia durante mis últimas semanas en Caracas, puso en palabras algunas de las sensaciones que me invadieron al momento de dejar atrás mi tierra.

Cuando el avión despegó de Maiquetía, mi mente se saturó con una infinidad de pensamientos nostálgicos muy profundos –aunque matizados, asimismo, por la extraña tranquilidad de migrar por un rato hacia un lugar más tranquilo. Mis ojos se quedaron fijos sobre aquella costa distante que tanto decía de mi naturaleza, pero que también la contrariaba. Y es que Venezuela parece tener esa peculiaridad: uno se rehúsa con fuerzas a vivir en su permanente atmósfera de caos, con el agravante de que, al poner un pie fuera de sus fronteras, se le necesita con locura. Yo tengo muchas y buenas razones para necesitarla, aún y cuando esta separación temporal sea más que justa.

Emociones tan intensas me recuerdan los clarísimos apuntes de Suniaga cuando describía algunos de los periplos de su personaje principal. Así, la pluma de este diestrísimo escritor reproduce la fantasía de los pensamientos de Escalante cuando regresaba a Venezuela por barco, registrando la supuesta sensación de desasosiego que le generaba tener que enfrentarse con la áspera realidad de un país que le resultaba cada vez menos familiar. Como buen provinciano, Escalante había soñado con dejar atrás el terruño y vivir la vida pujante de la capital; pero, luego de abandonar Caracas, a fin de cumplir compromisos oficiales en Europa, se encontraba con las cenizas de aquello que alguna vez pudo ser. Encontraba Escalante, entonces, a la célebre “ciudad de los techos rojos”, por no decir al mismo país, como un punto insignificante en el mapamundi, despojada del encanto que mucho años antes le había atrapado. Para él se había transformado ahora en una ciudad chata y desabrida. Era obvio que su preocupación distaba mucho de ser estética, partiendo, sí, de sus convicciones y críticas sobre el curso de la política nacional. Estaba consciente de que el país podía cambiar, y de que su mente y corazón alojaban una parte de las soluciones. Lastimosamente, Escalante no llegó a concretar sus planes, y los cambios que su paso fugaz por la historia patria propiciaron no fueron precisamente los más felices.

Al final, aquella sentencia de que Escalante no conocía las entrañas de su propio país, terminaron verificándose en episodios claros de su muy truncada carrera política. Por ello, no sólo recibió duro ataques de la oposición lopecista, en su intento por desacreditar su falta conexión con las complejas realidades de Venezuela (y como mecanismo para sacarlo del camino a favor de una alternativa conservadora), sino que terminó pagando su desacierto con el castigo de la demencia y algunas páginas infaustas en los libros de historia. A mi parecer, sin reivindicar demasiado al lopecismo, Escalante terminó siendo un extranjero en su propio país, que mucho sabía de los intríngulis del poder y de los posibles senderos hacia el desarrollo nacional, pero que poco podía llevar sus intenciones al terreno de lo práctico. Espero no equivocarme. Al menos, esa es mi opinión personal.

En los albores del siglo XXI, considerando toda el agua que ha corrido bajo el puente, me pregunto si las actuales circunstancias del país no están creando cientos de miles de Diógenes Escalantes, dispersos por el mundo bajo la impronta de una ingratísima diáspora, que tanto enriquece la vida de otros países y al mismo tiempo deja la huella de una generación perdida. Entiéndase algo antes de seguir: Escalante no fue un exilado ni tuvo que huir de Venezuela por ninguna otra razón distinta al golpe de 1945. Por el contrario, fue un servidor público excepcional –y probablemente de los mejores que se hayan visto alguna vez. Mi punto aquí es que este dignísimo compatriota cruzó la frontera de aquello que suele denominarse el “síndrome del ciudadano sin país”, por lo que, aún cuando era un erudito en los asuntos de su patria, no era más que un hombre sin verdaderas raíces en su tierra o en la de ningún otro lugar. Si algo es cierto, es que jamás es lo mismo ver los toros desde lejos.

Manipulando los argumentos como lo he hecho hasta ahora, pienso que quienes hemos decidido formarnos en el exterior, y especialmente en el área de los asuntos públicos y de la política, estamos de algún modo propensos a desligarnos de la realidad que nos lanzó al ruedo. No estoy diciendo tampoco que seamos todos una fila de genios, ni que cualquiera de nosotros tenga el fatuo interés de adjudicarse la integridad de Escalante. La idea no es equiparar, sino comparar con una que otra deformación. Y estas cuestiones me las planteo porque creo que, de haber entrado realmente en la cabeza de Escalante, estaría pensando cosas parecidas –guardando las distancias, claro está.

A veces me pregunto en qué medida la realidad venezolana se deformará ante mis ojos. A veces me pregunto si Caracas, mi ciudad natal, de cuya energía, paisajes y nobleza me he nutrido durante casi treinta años, terminará siendo un paraje ajeno. Me pregunto si, luego de pasarme años estudiando el país y de rescatarlo desde la distancia como un dulce recuerdo, cruzar nuevamente el umbral de su materialidad no me atropellará. El Escalante de Suniaga, por ejemplo, nunca imaginó que colocar de nuevo un pie en Venezuela sería tan traumático. ¿Será que nos pasará lo mismo? Esto me lo increpo considerando que mi idea es ser eventualmente un agente de cambio en mi país. Vuelvo y repito: no se trata de mí, pero me siento muy identificado con la historia.

Más allá de las bellezas naturales o de cualquier otro cliché que nos remacharan durante la infancia, Venezuela es para mí un reservorio de extraordinarias vivencias. Es el país de mis padres, el lugar donde crecí, me eduqué y enamoré empedernidamente. Es la tierra de mis juegos infantiles, de los días soleados, del Ávila imponente y vigilante, de los aromas hipnotizantes de la cocina de mi abuela, de mis mejores amigos, de la música, de los paisajes, de los malandros, de los políticos demagogos, de las navidades coloridas, de mis mapas mentales. Es el lienzo donde quedó pintada mi bien más preciado: mi familia. Es lo que soy y lo que probablemente seré hasta el día que desaparezca físicamente.

Estos mismos argumentos dan para una segunda nota que espero publicar muy pronto. Por lo demás, aún es demasiado temprano para anticipar las trampas de mi memoria y el rumbo de mis próximos pasos. Veremos que trae Austin.

Seguimos la crónica.

La Caracas acontecida




Esta fotografía fue robada intencionalmente del perfil en Facebook de mi amigo Ricardo Wildman. En la leyenda, Ricardo indica: "Lluvias torrenciales seguidas de un fuerte sismo. Luego, la calma de una ciudad tan acontecida como bendecida". Caracas, 12 de septiembre de 2009.

Las visiones de Gabriela Mora Brito en la serie "Verano en Caracas"


Verano en Caracas 004 (agosto 2009)

"Crónicas de Caracas" presenta algunas de las nuevas gráficas de Gabriela Mora Brito, serie Verano en Caracas, capturadas en agosto de 2009.

El milagro musical a través de los ojos de Peter Dammann





Una versión modificada de este artículo fue publicada el 12 de agosto de 2009 en el Diario El Universal


Si bien una imagen dice mucho más que mil palabras, para Peter Dammann tal axioma no es del todo suficiente. Natural de Hamburgo, Alemania, este talentoso fotógrafo va silencioso tras la captura de momentos que, superando meros registros sincrónicos de la realidad, tengan la posibilidad de contar buenas historias. Con esa idea, Dammann llegó a Caracas por tercera vez para regalarnos una mirada alternativa sobre uno de los fenómenos socioculturales más importantes del país: el Sistema Nacional de Orquestas Juveniles e Infantiles de Venezuela.

Dammann es uno de los tantos artistas atraídos por la obra del maestro José Antonio Abreu, cuya contundencia ha colocado al país en una posición muy visible y privilegiada. A diferencia de los demás –músicos y gestores culturales en su mayoría– el fotógrafo alemán llegó a suelo patrio con el propósito de asir la riqueza expresiva que concentran los rostros y vidas de infinidad de jóvenes vinculados a este baluarte de la inclusión social y cultural. Para quienes, como Dammann, han comprobado con sus propios ojos el alcance y resultados de este programa, no queda más que entregarle al mundo un testimonio formal de este milagro. No en balde la Fundación Hilti, quien funge como uno de los donantes más generosos de FESNOJIV, decidió financiar una publicación titulada “El sonido del futuro”, de la que Dammann es uno de sus principales artífices.

La pretensión estética del trabajo de Dammann no se erige sobre un parámetro fotográfico programado, sino sobre la espontaneidad de los personajes que su mente recrea. Por lo tanto, podría intuirse que sus hallazgos más preciados, hilados bajo el guión que como narrador omnisciente es capaz de construir, son aquellos que suponen la convergencia de los más diversos sentimientos, colores, expresiones y matices emocionales. Tampoco se trata del individuo invisible que maneja asépticamente sus relaciones con la otredad o se mimetiza por completo con su entorno, sino que se deja colar sutilmente –y tanto como sea posible– en las respuestas de sus interlocutores. “Hay que dejarse ver e interactuar con tus objetivos fotográficos, dejarte saber allí, mostrarle los ángulos que captas de ellos” –me dijo un día mientras terminaba una sesión en el Centro de Acción Social por la Música.

Este acercamiento íntimo al sistema nacional de orquestas quedó plasmado con enorme fidelidad en las gráficas de Dammann, cuya cámara se paseó esta vez por los prolegómenos del Festival Bancaribe, la visita del célebre celista Yo-Yo Ma, y las sesiones de clase del núcleo La Rinconada, al ritmo de las obras más conspicuas de Tchaikovsky y Dvorak. Al final, esas imágenes, las que resumen miles o millones de palabras, terminaron reflejando claramente el poder que tiene la música como sendero para el enaltecimiento de los más profundos valores humanos, pero, sobre todo, como herramienta de transformación social. Mayor información sobre este y otros trabajos de Peter Dammann se encuentra disponible en su sitio en línea: http://www.dammann-lookat.ch.